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Sadfishing: todo empieza con este emoji 💔

Sadfishing: acción de publicar problemas emocionales en internet con el objetivo de despertar compasión o la atención en la comunidad de internautas.

Rebecca Reid
Seguramente lo habrás visto más de una vez en los Stories o Twitter. Ante las primeras imágenes de la guerra en Ucrania, muchos usuarios se apresuraban a compartir vídeos de los ataques acompañados del emoji del corazón roto. ¿Frivolidad? Es posible. Aunque todo tiene un sentido más asqueroso.

Parece lógico, ¿verdad? Las redes sociales nacieron con la misión de unir a personas. Al fin y al cabo, así nos lo vendieron. Instagram, TikTok, Twitter o Facebook, no hay red que no cumpla con este principio básico. 

Los usos que se han derivado, sin embargo, son distintos y en su breve historia (que no supera las dos décadas) han mutado. Por ejemplo, Facebook empezó siendo una especie de bitácora personal (las indicaciones eran claras: publica tu ‘estado’) y, por supuesto, una manera fácil de encontrar compañeros del colegio, exponer fotos, recuerdos, gustos, etc.

Hoy las redes siguen evolucionando y surgen nuevos fenómenos que, sin embargo, empiezan a preocupar. Es el caso del sadfishing, donde las redes sociales se ponen al servicio de la necesidad de llamar la atención para contar con la aprobación o compasión de los seguidores de un perfil tras haber explicado una desgracia o problema

Podríamos decir que el sadfishing se produce cuando una persona utiliza una red social para publicar o exponer públicamente estados o situaciones. Sin embargo, sus motivaciones no son meramente expositivas, sino que van más allá.

Tras exponer tu situación (económica, emocional, salud mental o física, etc) se busca un reconocimiento social por parte de la comunidad mediante la desgracia o la pena

Quien practica sadfishing busca y espera la compasión en su entorno digital para atraer la atención con un objetivo muy concreto: destacar y conseguir mayor visibilidad, aumentar el número de seguidores y despertar la lástima para que se convierta en ternura.

Pero no podemos olvidar que una gran mayoría de quienes dicen sentirse tristes, no están tan tristes, sino pendientes de la aceptación social que generará su presumible tristeza.
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Así somos: el odio y la dilapidación digital en las redes sociales

Una de cal y otra de odio. Así somos. ¿Hasta qué punto un mundo digitalizado debe poner límites a actuaciones individuales que hacen flaco favor a la libertad de expresión alrededor de la que muchos se escudan?

¿Es libertad de expresión lanzar una piedra a una persona? ¿Y si echamos miles de ellas, tantas como para que no se pueda levantar ni mantener en pie? ¿Y si esta piedra es digital, acaso el daño es menor?

La ansiedad se apodera de nosotros. Incluso nos planteamos abandonar las redes sociales.

Es lo que tuvo que hacer la cantante Chanel ante el hate que su victoria había desatado en Twitter. El daño personal de esta ‘fuga’ es evidente, pero hay otros colaterales que van más allá de lo personal.

Muchos profesionales del marketing y la comunicación digital nos pavoneamos -si, nos, me incluyo- explicando las grandes ventajas que tienen las redes sociales, como magníficas plataformas de difusión, que si la marca personal y bla bla.

¿Acaso, igual que enseñamos estrategias de marketing digital, también vamos a tener que aprender a comportarnos en los medios sociales? Todo ello pone en evidencia que somos unos auténticos analfabetos digitales.

La huída es lícita y respetable: ¿quién en su sano juicio puede permanecer en un sitio donde los mensajes de odio hacia su persona y su trabajo se suceden? ¿Qué salud mental está lo suficientemente bien cimentada como para soportarlo? 

El anonimato que algunos ven en las redes sociales lo ven como un escudo magnífico para decir lo primero que se les pasa por la cabeza sin pensar en las consecuencias. 

Muchos culpan a las redes sociales de este fenómeno de machaque contínuo. ¿Es culpa de Twitter o es culpa de una sociedad que no ha sabido poner límites éticos en la esfera digital? Cualquier espacio de comunicación entre personas debe regirse por el mismo código de respeto y protección al vulnerable: físico o digital.

La reflexión debe ser global. El abandono de una red social por parte de la víctima no es la solución, sino el problema. Es necesario que reflexionemos sobre hasta qué punto hay que normalizar el hate como un fenómeno intrínseco de las redes sociales.

Las redes sociales son plataformas donde encontrar ingenio, creatividad, grandes historias y descubrimientos, pero también es un agujero por donde se cuela odio y mala educación hasta el punto de no compensar una cosa con la otra.

Una autopista por donde circular increpando al de delante está permitido y eso es lo que la hace especialmente insegura. 

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La Psicología aplicada a las Redes Sociales

Episodio #1

¿Existió una estrategia emocional en el momento de la creación de Instagram? ¿Buscamos en las redes la aceptación del grupo? ¿Hemos aceptado el cibercontacto como método para aliviar nuestra necesidad de relacionarnos? ¿Las redes sociales fomentan el individualismo?

Intentaré ofrecer respuesta a cada una de estas preguntas en el primer episodio de Humanidad Digital.

Escuchar:

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Relaciones de pantallas

Tengo la sensación de que hemos establecido un sentimiento de amor-odio con las pantallas a raíz de la pandemia. 

Antes de que la COVID-19 hiciera volar por los aires nuestra vida social, empleábamos las pantallas con dos propósitos: trabajo o estudio, y ocio o descanso. Es decir, como herramientas de trabajo en la oficina durante el horario laboral y como mecanismo de evasión frente a la televisión en situaciones de ocio.

Ahora hemos aprendido a incorporar las pantallas en nuestras interacciones sociales para continuar en contacto con nuestro círculo más cercano, a través de una nueva modalidad: el cibercontacto.

Las pantallas nos han facilitado poder tener conversaciones en las que ver y escuchar a nuestros familiares. Observar a alguien en una pantalla del móvil o del ordenador nos ha paliado la sensación de soledad, de tristeza y de angustia. La pandemia ha evidenciado la importancia del lenguaje de los gestos: un abrazo, un beso, una caricia, un apretón de manos, etc. Incluso en el tú a tú hemos llegado a interpretar sonrisas que se ocultan tras las mascarillas. 

A través de las pantallas hemos canalizado emociones de despedida: cada vez que los profesionales sanitarios han facilitado digitalmente, a pacientes graves, la despedida a sus familiares cuando el contacto era imposible o, incluso, realizando rituales fúnebres a través de videoconferencias donde compartir el dolor y el sufrimiento de la pérdida de un miembro de la familia.

En la actualidad, cuando la pandemia continúa afectando a todos los aspectos de nuestra vida, hemos asimilado el uso de las pantallas como herramientas que nos conectan con nuestros allegados. 

Hemos aceptado el cibercontacto como bálsamo para aliviar nuestra necesidad de relacionarnos.

De este modo, hemos incorporado a estos artefactos una nueva funcionalidad, la social, que se ha hecho un hueco coexistiendo con nuestra vida laboral y de ocio. 

Incluso las pantallas se han convertido en cómplices de nuestras relaciones sexuales a través del cibersexo, en una circustancia donde el contacto físico es complejo.

El tiempo nos dirá hasta qué punto las pantallas se van a convertir, todavía más, en herramientas de dependencia. 

Hasta qué punto vamos a substituir, con las pantallas, algunas necesidades esenciales como las relaciones interpersonales rostro a rostro, la docencia a través de aulas digitales o la transformación de nuestros hogares en espacios multifuncionales como oficinas o despachos. 

Sin duda, un nuevo desafío para el homo consumens.

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¿Qué representa el silencio en las redes sociales?

Hace un año que me apagué digitalmente y dejé de publicar contenidos en mi perfil de Instagram. Publicaba de forma asidua y, además, comentaba las publicaciones de otros seguidores, como la gran mayoría de los usuarios hace. Pero sucedió algo curioso: al cabo de un mes, recibí un mensaje privado de un contacto que me preguntaba cómo estaba, si me había ocurrido algo o si mi familia estaba bien.

Antes me gustaría dejar claro que no hice ningún “detox digital” o desintoxicación digital, porque esa práctica conlleva no acceder a dispositivos electrónicos durante un período de tiempo y, por el contrario, yo seguía enviando correos electrónicos o contestando WhatsApps de mi pareja, amigos o familiares, pero sin publicar nada en mis redes sociales. 

El silencio es ausencia de comunicación, y en las redes sociales es extraño. Nos sitúa en una posición de alerta. 

Los expertos nos ubican en la era de la imagen, pero también aportaría que vivimos en la era del ruido. Un zumbido casi inherente con el que tristemente ya estamos familiarizados. 

Incluso para algunos el silencio es incómodo y es sinónimo de miedo, por eso ponen la radio o la televisión en momentos de soledad, porque necesitan llenar el vacío comunicativo.

Guardamos minutos de silencio como valor de respeto y permanecemos en silencio cuando visitamos algunos lugares de culto.

Al mismo tiempo el silencio es ausencia de lenguaje cuando no sabemos qué decir, y también es plenitud de lenguaje cuando nos correspondemos con una mirada y sobran las palabras.

Está claro que en las redes sociales no existe el silencio, se trata de un espacio donde el impacto y la palabrería son constantes. Además, vivimos enganchados a un algoritmo indescifrable que nos premia o nos penaliza a mayor número de publicación de contenidos.

Decía San Juan de la Cruz que debíamos “apartarnos del mundanal ruido” para conectar con el silencio y escuchar nuestra voz interna.

¿Qué pasaría si de golpe todos nos quedásemos en silencio en las redes sociales?