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¿He cambiado yo o han cambiado las redes sociales?

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Es un zumbido constante. Una mancha que se extiende y no parece tener fin. Cada vez somos más los que nos cuestionamos nuestra presencia en las redes sociales. Estar, ¿para qué? ¿Para quién? Aunque su aparición en los 2000 nos llenó de entusiasmo, ahora parecen ser las responsables de las calamidades de nuestro nuevo mundo. ¿En qué se han convertido? Más allá de la visión apocalíptica, ¿tienen solución? 

Desconfianza 

Una bola inmensa de bulos nos persigue. Ya no sabemos lo que es verdad y lo que no. Ya no sabemos en qué o quién confiar. ¿Será el último SMS del banco una estafa? ¿Es este nuevo seguidor de Twitter un bot? ¿Es cierta esta noticia compartida en un grupo de WhatsApp? Nuestra concepción de la veracidad se ha transformado y nos vemos conviviendo con la desconfianza, que está presente en todos los rincones.

Algo-ritmo

Nadie sabe cómo funciona, y aquellos ingenieros de Google o Facebook que son conocedores de sus procedimientos indecentes son despedidos fulminantemente cuando se van de la lengua. Aceptamos que somos unos perfectos ignorantes sobre cómo actúa, prioriza, filtra y excluye, si bien son los responsables de mostrar los contenidos que millones de personas consumen cada segundo.

Autoengaño

Nos reconocemos en el autoengaño, formamos parte de él y no parece preocuparnos. Seguimos interactuando en forma de like o comentario a un Story en el que un filtro nos modifica el color de los ojos o el pelo, o nos llena el rostro de pecas, a su antojo. O seguimos a los influencers que emplean nuestro perfil como herramienta económica de enriquecimiento, chismeando sus vidas estratégicamente comunicadas para percatarnos de los lujos que ellos poseen y tú no. Aun así, nos sumamos al juego de mostrar una parte de nuestra vida, que dista mucho de nuestra realidad, para alimentar nuestro yo digital. 

Entreteni-miento

En 2009, pasarse horas frente al muro de Facebook ya nos hacía pensar que algo no iba bien. Con la multitud de plataformas y redes sociales de las que disponemos en la actualidad (Twich, TikTok, Instagram, YouTube…), la voluntad de los usuarios ha cambiado. Se emplean las redes sociales como herramienta de consumo de masas, los llamados mass media, que compiten con las grandes plataformas audiovisuales (Netflix, Amazon Prime, HBO…) para conseguir tenernos más tiempo entretenidos, literalmente, perdiendo el tiempo. Una sociedad entretenida no fomenta su voluntad crítica. Nos contentamos fácilmente con nuestra felicidad superficial. 

Privacidad

Aquellas páginas web a las que entras, aquellos productos que sitúas en el carrito de Amazon, aquellos clics en banners o pop-ups que inundan tu pantalla, las cookies que aceptamos, los likes, tu correo electrónico, etc. La lista fatiga. Todo esto son los datos que las webs, plataformas y redes recogen de nuestra actividad digital. No tenemos ni idea de qué hacen con ellos, a qué empresas o partidos se los venden. Lo único que conocemos es que son muy, muy, muy valiosos. Algoritmos capaces de interpretarlos y de bofetearnos con grandes dosis de publicidad digital. Incluso es gracioso, porque si buscas en Google “qué hacen con nuestros datos en internet” encontrarás, en los primeros resultados, los miles de beneficios que estos servicio ofrecen.

Estas son algunas de las reflexiones que me planteo y que me permito poner en cuestión. Albiro el presente y el futuro de las plataformas y redes sociales con preocupación.

Las dificultades que nos encontramos las personas que, con nuestra presencia, hacemos uso de las redes, son nuevas. Y los enigmas que las recubren no parecen arrojar luz esperanzadora. Aunque parece que asumimos esta angustia con empobrecimiento, deshumanización y el consumo de herramientas que han estado diseñadas para ser adictivas. 

Por jordicirach

Docente e investigador en el impacto y la transformación que ejercen las redes sociales y las plataformas digitales en la vida de las personas.

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