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Así somos: el odio y la dilapidación digital en las redes sociales

Una de cal y otra de odio. Así somos. ¿Hasta qué punto un mundo digitalizado debe poner límites a actuaciones individuales que hacen flaco favor a la libertad de expresión alrededor de la que muchos se escudan?

¿Es libertad de expresión lanzar una piedra a una persona? ¿Y si echamos miles de ellas, tantas como para que no se pueda levantar ni mantener en pie? ¿Y si esta piedra es digital, acaso el daño es menor?

La ansiedad se apodera de nosotros. Incluso nos planteamos abandonar las redes sociales.

Es lo que tuvo que hacer la cantante Chanel ante el hate que su victoria había desatado en Twitter. El daño personal de esta ‘fuga’ es evidente, pero hay otros colaterales que van más allá de lo personal.

Muchos profesionales del marketing y la comunicación digital nos pavoneamos -si, nos, me incluyo- explicando las grandes ventajas que tienen las redes sociales, como magníficas plataformas de difusión, que si la marca personal y bla bla.

¿Acaso, igual que enseñamos estrategias de marketing digital, también vamos a tener que aprender a comportarnos en los medios sociales? Todo ello pone en evidencia que somos unos auténticos analfabetos digitales.

La huída es lícita y respetable: ¿quién en su sano juicio puede permanecer en un sitio donde los mensajes de odio hacia su persona y su trabajo se suceden? ¿Qué salud mental está lo suficientemente bien cimentada como para soportarlo? 

El anonimato que algunos ven en las redes sociales lo ven como un escudo magnífico para decir lo primero que se les pasa por la cabeza sin pensar en las consecuencias. 

Muchos culpan a las redes sociales de este fenómeno de machaque contínuo. ¿Es culpa de Twitter o es culpa de una sociedad que no ha sabido poner límites éticos en la esfera digital? Cualquier espacio de comunicación entre personas debe regirse por el mismo código de respeto y protección al vulnerable: físico o digital.

La reflexión debe ser global. El abandono de una red social por parte de la víctima no es la solución, sino el problema. Es necesario que reflexionemos sobre hasta qué punto hay que normalizar el hate como un fenómeno intrínseco de las redes sociales.

Las redes sociales son plataformas donde encontrar ingenio, creatividad, grandes historias y descubrimientos, pero también es un agujero por donde se cuela odio y mala educación hasta el punto de no compensar una cosa con la otra.

Una autopista por donde circular increpando al de delante está permitido y eso es lo que la hace especialmente insegura. 

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Turisme d’Instagram

Article publicat el 04/03/2022 a El 9 NOU

“Ho vaig veure a Instagram”, deia una de les visitants als gorgs glaçats de Campdevànol en un videoreportatge que va publicar el perfil del @324cat en aquesta mateixa xarxa social. No era l’única. De fet, la massificació de visitants que s’han sentit atrets per aquest fenomen natural ha derivat en la presa de mesures per controlar l’accés i l’aforament per part del consistori de la localitat.

El col·lapse d’espais naturals protegits no és extraordinari. Ja ha passat a casa nostra en diferents moments: les imatges de Santa Fe del Montseny ple de cotxes després del confinament o unes imatges del cim de la Pica d’Estats ple d’excursionistes esperant i fent cua per fer-se la foto de rigor amb els braços alçats encara les tenim a la retina. 

De nou, un indret que es popularitza perquè esdevé moda a una xarxa social (sobretot, a Instagram) i això fa atraure centenars de visitants que, encuriosits, volen replicar la mateixa imatge per deixar constància al seu perfil que hi han estat.

Durant aquests dies he anat seguint el fenomen de prop. Alguns missatges d’usuaris a les fotografies apuntaven que la responsabilitat d’aquesta massificació era d’alguns influencers, que havien geolocalitzat la foto o havien explicat des d’on l’havien fet. I això és un error. Sovint pensem que, si tenim pocs seguidors a les xarxes socials, el nostre missatge no el visualitzarà una gran comunitat de persones. És fals, ja que les xarxes funcionen a través d’algoritmes digitals que poden convertir el teu contingut en viral en pocs segons.

Cadascun de nosaltres som responsables dels continguts que pengem a les xarxes i, de la mateixa manera que primer pensem i després diem, la digitalització ens demana pensar abans de penjar. Cal reflexionar sobre les conseqüències d’allò que publiquem.

Aquesta nova cultura tecnològica de la qual tots som dependents també ens porta a assumir alguns riscos als quals el nou homo absortus (absort en les pantalles) ha de fer front.

Si no ens passa pel cap deixar una bossa de plàstic en un espai natural o urbà per les conseqüències mediambientals que pot comportar, per què no som igual de conscients dels efectes que pot originar publicar la nostra ubicació en un indret?

Hem de prendre consciència que no només els nostres actes en l’entorn tenen unes conseqüències, sinó també els continguts que publiquem sobre els espais que fotografiem.

Per davant tenim un gran repte: fer compatible el desenvolupament turístic de petits municipis, al qual les eines digitals poden ajudar, i evitar la massificació i les concentracions de persones en espais protegits. 

Aquest món tecnocapitalista comporta molts desafiaments, i un d’ells serà el de reajustar moltes de les accions que fem sense pensar en les possibles conseqüències per preservar la intimitat de les persones i dels espais.

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La Psicología aplicada a las Redes Sociales

Episodio #1

¿Existió una estrategia emocional en el momento de la creación de Instagram? ¿Buscamos en las redes la aceptación del grupo? ¿Hemos aceptado el cibercontacto como método para aliviar nuestra necesidad de relacionarnos? ¿Las redes sociales fomentan el individualismo?

Intentaré ofrecer respuesta a cada una de estas preguntas en el primer episodio de Humanidad Digital.

Escuchar:

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Relaciones de pantallas

Tengo la sensación de que hemos establecido un sentimiento de amor-odio con las pantallas a raíz de la pandemia. 

Antes de que la COVID-19 hiciera volar por los aires nuestra vida social, empleábamos las pantallas con dos propósitos: trabajo o estudio, y ocio o descanso. Es decir, como herramientas de trabajo en la oficina durante el horario laboral y como mecanismo de evasión frente a la televisión en situaciones de ocio.

Ahora hemos aprendido a incorporar las pantallas en nuestras interacciones sociales para continuar en contacto con nuestro círculo más cercano, a través de una nueva modalidad: el cibercontacto.

Las pantallas nos han facilitado poder tener conversaciones en las que ver y escuchar a nuestros familiares. Observar a alguien en una pantalla del móvil o del ordenador nos ha paliado la sensación de soledad, de tristeza y de angustia. La pandemia ha evidenciado la importancia del lenguaje de los gestos: un abrazo, un beso, una caricia, un apretón de manos, etc. Incluso en el tú a tú hemos llegado a interpretar sonrisas que se ocultan tras las mascarillas. 

A través de las pantallas hemos canalizado emociones de despedida: cada vez que los profesionales sanitarios han facilitado digitalmente, a pacientes graves, la despedida a sus familiares cuando el contacto era imposible o, incluso, realizando rituales fúnebres a través de videoconferencias donde compartir el dolor y el sufrimiento de la pérdida de un miembro de la familia.

En la actualidad, cuando la pandemia continúa afectando a todos los aspectos de nuestra vida, hemos asimilado el uso de las pantallas como herramientas que nos conectan con nuestros allegados. 

Hemos aceptado el cibercontacto como bálsamo para aliviar nuestra necesidad de relacionarnos.

De este modo, hemos incorporado a estos artefactos una nueva funcionalidad, la social, que se ha hecho un hueco coexistiendo con nuestra vida laboral y de ocio. 

Incluso las pantallas se han convertido en cómplices de nuestras relaciones sexuales a través del cibersexo, en una circustancia donde el contacto físico es complejo.

El tiempo nos dirá hasta qué punto las pantallas se van a convertir, todavía más, en herramientas de dependencia. 

Hasta qué punto vamos a substituir, con las pantallas, algunas necesidades esenciales como las relaciones interpersonales rostro a rostro, la docencia a través de aulas digitales o la transformación de nuestros hogares en espacios multifuncionales como oficinas o despachos. 

Sin duda, un nuevo desafío para el homo consumens.

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¿Qué representa el silencio en las redes sociales?

Hace un año que me apagué digitalmente y dejé de publicar contenidos en mi perfil de Instagram. Publicaba de forma asidua y, además, comentaba las publicaciones de otros seguidores, como la gran mayoría de los usuarios hace. Pero sucedió algo curioso: al cabo de un mes, recibí un mensaje privado de un contacto que me preguntaba cómo estaba, si me había ocurrido algo o si mi familia estaba bien.

Antes me gustaría dejar claro que no hice ningún “detox digital” o desintoxicación digital, porque esa práctica conlleva no acceder a dispositivos electrónicos durante un período de tiempo y, por el contrario, yo seguía enviando correos electrónicos o contestando WhatsApps de mi pareja, amigos o familiares, pero sin publicar nada en mis redes sociales. 

El silencio es ausencia de comunicación, y en las redes sociales es extraño. Nos sitúa en una posición de alerta. 

Los expertos nos ubican en la era de la imagen, pero también aportaría que vivimos en la era del ruido. Un zumbido casi inherente con el que tristemente ya estamos familiarizados. 

Incluso para algunos el silencio es incómodo y es sinónimo de miedo, por eso ponen la radio o la televisión en momentos de soledad, porque necesitan llenar el vacío comunicativo.

Guardamos minutos de silencio como valor de respeto y permanecemos en silencio cuando visitamos algunos lugares de culto.

Al mismo tiempo el silencio es ausencia de lenguaje cuando no sabemos qué decir, y también es plenitud de lenguaje cuando nos correspondemos con una mirada y sobran las palabras.

Está claro que en las redes sociales no existe el silencio, se trata de un espacio donde el impacto y la palabrería son constantes. Además, vivimos enganchados a un algoritmo indescifrable que nos premia o nos penaliza a mayor número de publicación de contenidos.

Decía San Juan de la Cruz que debíamos “apartarnos del mundanal ruido” para conectar con el silencio y escuchar nuestra voz interna.

¿Qué pasaría si de golpe todos nos quedásemos en silencio en las redes sociales?