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Así somos: el odio y la dilapidación digital en las redes sociales

Una de cal y otra de odio. Así somos. ¿Hasta qué punto un mundo digitalizado debe poner límites a actuaciones individuales que hacen flaco favor a la libertad de expresión alrededor de la que muchos se escudan?

¿Es libertad de expresión lanzar una piedra a una persona? ¿Y si echamos miles de ellas, tantas como para que no se pueda levantar ni mantener en pie? ¿Y si esta piedra es digital, acaso el daño es menor?

La ansiedad se apodera de nosotros. Incluso nos planteamos abandonar las redes sociales.

Es lo que tuvo que hacer la cantante Chanel ante el hate que su victoria había desatado en Twitter. El daño personal de esta ‘fuga’ es evidente, pero hay otros colaterales que van más allá de lo personal.

Muchos profesionales del marketing y la comunicación digital nos pavoneamos -si, nos, me incluyo- explicando las grandes ventajas que tienen las redes sociales, como magníficas plataformas de difusión, que si la marca personal y bla bla.

¿Acaso, igual que enseñamos estrategias de marketing digital, también vamos a tener que aprender a comportarnos en los medios sociales? Todo ello pone en evidencia que somos unos auténticos analfabetos digitales.

La huída es lícita y respetable: ¿quién en su sano juicio puede permanecer en un sitio donde los mensajes de odio hacia su persona y su trabajo se suceden? ¿Qué salud mental está lo suficientemente bien cimentada como para soportarlo? 

El anonimato que algunos ven en las redes sociales lo ven como un escudo magnífico para decir lo primero que se les pasa por la cabeza sin pensar en las consecuencias. 

Muchos culpan a las redes sociales de este fenómeno de machaque contínuo. ¿Es culpa de Twitter o es culpa de una sociedad que no ha sabido poner límites éticos en la esfera digital? Cualquier espacio de comunicación entre personas debe regirse por el mismo código de respeto y protección al vulnerable: físico o digital.

La reflexión debe ser global. El abandono de una red social por parte de la víctima no es la solución, sino el problema. Es necesario que reflexionemos sobre hasta qué punto hay que normalizar el hate como un fenómeno intrínseco de las redes sociales.

Las redes sociales son plataformas donde encontrar ingenio, creatividad, grandes historias y descubrimientos, pero también es un agujero por donde se cuela odio y mala educación hasta el punto de no compensar una cosa con la otra.

Una autopista por donde circular increpando al de delante está permitido y eso es lo que la hace especialmente insegura. 

Por jordicirach

Docente e investigador en el impacto y la transformación que ejercen las plataformas digitales.

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